El capitalismo nos tiene enganchados a una droga que llamamos “crecimiento”, “progreso”, “innovación”, “consumo”. Y no es una adicción individual, es colectiva. Nos hace creer que, sin esa dosis diaria de consumo y productividad, colapsaremos. Nos hace desear nuestra propia explotación.
Stengers y Pignarre proponen que para romper el hechizo hay que crear contra-hechizos. O sea, prácticas que reconecten cuerpo y tierra, que nos permitan sentir que otro mundo es posible. Tejer alianzas mágico-políticas. Dejar de esperar la Gran Revolución y empezar a cultivar jardines de resistencia cotidiana.
Si el libro se llevara a la práctica de modo plenamente encarnado, habría que leerlo en voz alta alrededor de un fuego, mientras se comparte comida robada de un supermercado y se planea una acción directa poética. Porque su mensaje central es que la imaginación política es un músculo atrofiado por el capitalismo, y hay que ejercitarlo con rituales terrenales.
Sus autorxs no escriben desde el púlpito universitario, sino desde el barro de las luchas ecologistas, feministas, anticoloniales, anticapitalistas. Su gesto es un acto de descolonización de la imaginación. “No nos sigan, dicen, inventen sus propias brujerías”.